A las 07:19 horas del 19 de septiembre de 1985, Ciudad de México vivió uno de los momentos más trágicos de su historia: un terremoto de magnitud 8.1 sacudió la capital durante 90 segundos que bastaron para exponer la vulnerabilidad de sus edificaciones, su población y sus autoridades. La catástrofe evidenció los riesgos de una ciudad asentada sobre suelos blandos de origen lacustre, capaces de amplificar cientos de veces la fuerza sísmica.
El sismo dejó miles de construcciones dañadas y alrededor de 200 edificios colapsados. Aunque el gobierno de la época reportó 3.000 víctimas, estimaciones posteriores elevan la cifra a más de 10.000 muertos. La parálisis oficial contrastó con la solidaridad ciudadana: fueron los capitalinos quienes iniciaron los rescates, organizaron brigadas espontáneas y atendieron a los damnificados.
De esa tragedia surgió un nuevo espíritu cívico. Jóvenes, vecinos y trabajadores se unieron en acciones de auxilio que marcaron un antes y un después en la conciencia colectiva. El lema “No corro, no grito, no empujo” y los simulacros escolares y laborales nacieron entonces como medidas de prevención que, con el tiempo, se volvieron parte de la vida cotidiana.
En respuesta, también se crearon instituciones fundamentales como Protección Civil (1986) y el Centro Nacional para la Prevención de Desastres (Cenapred) en 1988. Además, científicos y autoridades impulsaron un sistema pionero de alerta temprana, el Sasmex, que desde 1989 advierte con segundos de anticipación a millones de personas en distintas ciudades del país.
El fortalecimiento de los códigos de construcción fue otra herencia directa del terremoto. Tras 1985, se modificaron normas para que los nuevos edificios resistieran fuerzas sísmicas mayores. La prueba llegó en 2017, cuando otro sismo sacudió a la capital: muchas estructuras recientes resistieron, aunque la corrupción en certificaciones dejó nuevamente pérdidas humanas evitables.
Hoy, la alerta sísmica no solo se activa en altavoces públicos, sino que se prepara para llegar a más de 80 millones de teléfonos móviles en todo México. Esto permitirá emitir avisos focalizados de sismos, huracanes, incendios forestales o inundaciones, fortaleciendo la capacidad de respuesta en cada región.
A 40 años del terremoto de 1985, especialistas y autoridades coinciden en que la prevención es la principal defensa ante un fenómeno impredecible. Participar en simulacros, diseñar planes familiares de emergencia y mantener la memoria colectiva activa son pasos indispensables para salvar vidas.
El recuerdo del 19 de septiembre sigue vivo como una herida, pero también como una lección de resiliencia. De la tragedia nació una cultura de prevención, instituciones sólidas y una sociedad más consciente, que hoy mantiene la convicción de que la solidaridad y la preparación son las mejores armas frente a la incertidumbre sísmica.






















