En TikTok se ha viralizado una tendencia que combina dos elementos poderosos: la portada de la película Chicuarotes (2019), dirigida por Gael García Bernal, y la canción Ojitos mentirosos, una cumbia popularizada en los ochenta por Tropicalísimo Apache. Jóvenes caracterizados como payasos recorren sus barrios, grabando escenas que muestran mercados, tianguis, camiones de basura o fondas, lejos de los paisajes turísticos. Lo que comenzó como un gesto estético pronto se convirtió en un acto político y cultural: visibilizar el México cotidiano y precarizado.
El trend retoma la historia de Chicuarotes, que narra la vida de dos jóvenes payasos callejeros de San Gregorio Atlapulco, en Xochimilco. Al no poder sostenerse con su trabajo artístico, los protagonistas comienzan a delinquir en busca de sobrevivir, reflejando el desgaste social que enfrentan los barrios marginados. Esta narrativa se mezcla con la fuerza nostálgica de Ojitos mentirosos, una cumbia que conecta con la memoria colectiva de la cultura popular mexicana.
Más allá de lo visual, los usuarios han transformado el trend en una especie de espejo social. Algunos lo usan como protesta silenciosa para exponer desigualdades, precariedad laboral y carencias estructurales que persisten en gran parte del país. La estética del payaso, figura de humor y tristeza a la vez, ha servido como metáfora de resiliencia: sonrisas pintadas en un entorno hostil.
Uno de los casos que más conmovió fue el de María Gabriela, una joven que utilizó esta tendencia para mostrar la vida de su padre, un payaso callejero en Culiacán conocido como “Chicharito”. En su video, lo retrata trabajando en plazas y calles, siempre sonriente, aunque con ingresos limitados. Para ella, su padre es ejemplo de esfuerzo y libertad: un hombre que, con su guitarra y su maquillaje, sacó adelante a su familia.
Gabriela escribió que, de niña, lo que más la alegraba era verlo maquillarse antes de salir y volver con bolsas llenas de dulces. En su mensaje recordó que, aunque su papá enfrentó muchas dificultades económicas, nunca abandonó lo que amaba hacer: ser payaso y músico. Esa pasión, cuenta, les permitió sobrevivir a ella y a su hermano.
La joven fue clara en no romantizar la precariedad, pero sí en subrayar el valor de crecer con un padre que le enseñó a seguir sus sueños, incluso en condiciones adversas. “Gracias al internacionalmente desconocido payaso Chicharito por darme una niñez llena de sonrisas, música y juegos. Gracias por ser mi papá”, escribió al cierre de su video, que rápidamente tocó fibras sensibles en redes.
El testimonio de Gabriela pone rostro humano a un fenómeno viral que podría quedarse en lo estético, pero que en realidad condensa muchas historias similares: familias enteras que sobreviven con oficios informales, artistas urbanos invisibilizados y comunidades que encuentran en la cultura popular una forma de resistencia.
“Ojitos mentirosos” no es solo un trend pasajero: es un recordatorio de que la desigualdad y la pobreza siguen marcando la vida de millones de mexicanos. A la par, es también una celebración de la creatividad y la fuerza que emergen desde los barrios, donde el dolor convive con la música, la risa y la fiesta.
Así, lo que en principio parecía una moda en TikTok se ha transformado en un movimiento cultural. Es un retrato de la resiliencia de quienes, con pocos recursos, siguen creando belleza en medio de la adversidad. Y casos como el del payaso “Chicharito” nos recuerdan que detrás de cada maquillaje y cada cumbia, hay historias de amor, sacrificio y resistencia que definen la verdadera identidad mexicana.






















