Durante siglos, la ciencia ha estado dominada por hombres, lo que ha provocado que numerosas investigadoras queden relegadas o sin el reconocimiento que merecían por sus descubrimientos. A pesar de realizar contribuciones fundamentales, muchas mujeres vieron cómo sus logros eran atribuidos a colegas masculinos o ignorados por completo.
Un ejemplo emblemático es el de Rosalind Franklin, biofísica británica cuyo trabajo fue clave para descubrir la estructura del ADN. Aunque sus datos y fotografías resultaron fundamentales para el hallazgo, el Premio Nobel de 1962 fue otorgado únicamente a Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins.
Franklin había fallecido cuatro años antes de que se entregara el Nobel, y el galardón no se concede de manera póstuma. Sin embargo, especialistas consideran que incluso si hubiera estado viva, probablemente tampoco habría sido incluida, reflejo de los prejuicios que enfrentaban las mujeres científicas en esa época.
A lo largo de la historia, muchas investigadoras trabajaron con recursos limitados, en puestos secundarios o incluso como profesoras voluntarias, mientras sus descubrimientos eran atribuidos a hombres. Aunque la situación ha mejorado, expertas aseguran que los prejuicios hacia las científicas aún no han desaparecido del todo.
Uno de los casos más conocidos es el de Jocelyn Bell Burnell, quien en 1967 descubrió los púlsares cuando aún era estudiante de posgrado en radioastronomía en la Universidad de Cambridge. Su hallazgo demostró la existencia de restos extremadamente densos de estrellas que explotaron como supernovas.
Sin embargo, cuando se entregó el Premio Nobel de Física en 1974, el reconocimiento fue otorgado a su supervisor, Anthony Hewish, y a Martin Ryle, dejando fuera a Bell Burnell pese a que ella identificó las señales provenientes de estos objetos cósmicos.
Otro caso es el de Esther Lederberg, microbióloga estadounidense que realizó importantes aportaciones al estudio de la genética bacteriana. Entre sus descubrimientos más relevantes se encuentra el bacteriófago lambda, un virus que infecta bacterias.
Además, desarrolló junto con su esposo, Joshua Lederberg, el método de replicación en placa, una técnica que permitió estudiar la resistencia a los antibióticos y que sigue utilizándose en la actualidad. A pesar de su relevancia, el Nobel de 1958 fue otorgado únicamente a Joshua Lederberg y a sus colegas.
La física experimental Chien-Shiung Wu también sufrió un destino similar. Sus experimentos demostraron que la llamada ley de paridad, aceptada durante décadas en la física, era incorrecta, lo que revolucionó la comprensión de la mecánica cuántica.
No obstante, cuando se otorgó el Premio Nobel de Física en 1957 por este descubrimiento, los galardonados fueron los físicos teóricos Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang, mientras Wu quedó excluida a pesar de haber realizado el experimento que comprobó la teoría.
Otro ejemplo es Lise Meitner, física austriaca cuyo trabajo fue clave para explicar la fisión nuclear, proceso que consiste en la división del núcleo de un átomo y que sentó las bases para el desarrollo de la energía nuclear y la bomba atómica.
Aunque su colaborador Otto Hahn realizó los experimentos que respaldaban el fenómeno, fue Meitner quien elaboró la explicación teórica junto a su sobrino Otto Frisch. Sin embargo, Hahn recibió en solitario el Premio Nobel de Química en 1944.
La historia de Nettie Stevens también ilustra este fenómeno. A principios del siglo XX demostró que el sexo de los organismos estaba determinado por los cromosomas, identificando el papel de los cromosomas X y Y.
A pesar de sus hallazgos, con el tiempo el mérito fue atribuido a otros científicos, como Thomas Hunt Morgan, fenómeno conocido como “efecto Matilda”, que describe la tendencia a minimizar o ignorar las contribuciones de las mujeres en la ciencia.
Aunque hoy existe mayor conciencia sobre la importancia de reconocer el trabajo de las científicas, especialistas señalan que aún es necesario transformar las estructuras académicas para garantizar igualdad de oportunidades y visibilidad.
Las historias de estas investigadoras recuerdan que muchos avances científicos no llevan el nombre de quienes realmente los hicieron posibles, y que recuperar su legado es también una forma de corregir las injusticias del pasado.






















