La Selección Mexicana cerró el año con una realidad incómoda: después de iniciar con seis victorias consecutivas —incluido un 2–1 sobre Estados Unidos que parecía marcar un renacer— el equipo se vino abajo.
Cinco partidos, tres empates, dos derrotas y una sensación de vacío que pesa más que cualquier estadística.
El Tri cayó 2–1 ante Paraguay, pero el golpe más duro no fue el marcador: fue el estadio apagado en San Antonio, un escenario que solía ser territorio mexicano y que ahora reflejó desencanto, indiferencia y hastío.
México no perdió solo un partido… perdió la confianza de su gente.
La paradoja es peligrosa: el equipo no juega tan mal como para que todo se derrumbe, pero sí lo suficiente para que nadie crea en él.
Y cuando una selección pierde credibilidad, pierde identidad.
La pregunta ya no se puede evitar: ¿qué sigue? ¿Vendrá una autocrítica real? ¿Habrá decisiones valientes? Porque este ciclo no pide cambios… los exige.






















