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El último álbum de Taylor Swift desata extrañas acusaciones: fue un ataque coordinado por cuentas falsas

por | Dic 10, 2025

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El lanzamiento del álbum The Life of a Showgirl a principios de octubre se convirtió, como suele ocurrir con Taylor Swift, en un evento de alcance global. A medida que el disco ascendía hasta convertirse en el más vendido de la historia, fans y detractores analizaron minuciosamente cada detalle: letras, arte gráfico, versiones del LP y del CD, así como el intenso merchandising que acompañó la producción.

Pero el análisis dejó pronto de ser estrictamente musical. En redes sociales comenzaron a circular interpretaciones que vinculaban a Swift con posturas políticas extremas. Algunos usuarios la acusaron de simpatizar con el movimiento MAGA, de promover valores tradicionales de esposa y hasta de insinuar simbología supremacista blanca, basándose en supuestos guiños escondidos.

Los señalamientos se concentraron en detalles minúsculos, como el uso de la palabra “salvaje” en la canción “Eldest Daughter”, que algunos tacharon de racista, o un collar promocional cuyos dijes de rayos fueron comparados —forzadamente— con símbolos utilizados por las SS nazis. Estas teorías, tan exageradas como infundadas, comenzaron a multiplicarse.

Ante lo que percibían como un ataque absurdo, muchos fans lamentaron el clima político actual y criticaron a comentaristas de izquierda por perseguir fantasmas ideológicos. Argumentaron que ese tipo de excesos solo sirve para reforzar la narrativa de la derecha de que los progresistas son incapaces de matizar y reaccionan de forma exagerada ante cualquier símbolo.

Sin embargo, lo que los defensores de Swift desconocían era que esta cadena de sospechas no había surgido espontáneamente. Detrás de las acusaciones operaba una red de cuentas falsas que sembró y amplificó deliberadamente esas narrativas, impulsándolas hasta volverlas parte del debate cultural general.

Una investigación de GUDEA, una empresa de inteligencia del comportamiento, analizó más de 24.000 publicaciones y 18.000 cuentas en 14 plataformas digitales. El estudio determinó que solo el 3,77% de los perfiles generó el 28% de toda la conversación, difundiendo el contenido más incendiario y dando la impresión de un conflicto político auténtico.

Estas provocaciones no nacieron en redes convencionales, sino en espacios marginales como 4chan y KiwiFarms, desde los cuales migraron a plataformas más visibles. Una vez allí, usuarios reales las debatieron, criticaron y ridiculizaron, contribuyendo sin querer a darles aún más alcance gracias a la lógica algorítmica de las redes.

Los investigadores detectaron dos momentos de actividad especialmente intensa: el primero, entre el 6 y 7 de octubre, cuando aproximadamente el 35% de las publicaciones provenía de cuentas con comportamiento automatizado; el segundo, el 13 y 14 de octubre, tras el lanzamiento del polémico collar de rayo, con un 40% de participación de cuentas no auténticas.

Aunque no se conoce quién está detrás de esta operación, GUDEA encontró una importante coincidencia entre las cuentas que atacaban a Swift y otras que participaban en una campaña de desprestigio contra la actriz Blake Lively, quien enfrenta un conflicto legal con el director Justin Baldoni. La similitud en las tácticas sugiere una estructura organizada con capacidad para intervenir en múltiples controversias.

Para los investigadores, este solapamiento apunta a una creciente industria dedicada al daño reputacional, una red capaz de inyectar desinformación en conversaciones originalmente orgánicas con una sofisticación cada vez mayor. La figura de Swift pudo haber sido utilizada como un campo de prueba para operaciones futuras.

El objetivo de este tipo de narrativas, explican los analistas, no es necesariamente convencer, sino provocar. Cualquier burla, crítica o refutación de parte de usuarios auténticos impulsa todavía más el contenido, generando clics, atención y reproducción automática en el ecosistema digital.

La conclusión de los expertos es contundente: en un entorno donde la mitad del tráfico en línea podría ser generado por bots, la indignación se convierte en un recurso explotado sistemáticamente. Y la próxima vez que un mensaje parezca diseñado para irritar, lo más probable es que, en efecto, haya sido creado con esa intención como parte de una estrategia más amplia de manipulación.

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