Durante años, la psicología y la economía aceptaron como una «verdad universal» la idea de que la felicidad tiene forma de U: somos felices cuando somos jóvenes, tocamos fondo durante la mediana edad (la famosa crisis de los 50), y luego recuperamos la alegría en la vejez. Sin embargo, un reciente estudio publicado en PLOS ONE ha desmentido esta teoría, desafiando el consenso establecido. Analizando los datos de más de un millón de personas en 44 países, los investigadores descubrieron que la famosa curva de la infelicidad ha desaparecido.
El estudio revela un cambio estructural significativo en la forma en que experimentamos la vida. En lugar de la típica forma de joroba en la gráfica de infelicidad, donde el pico máximo de infelicidad se ubicaba en los 40-50 años, los datos muestran una tendencia diferente: una línea descendente. Esto significa que no solo se ha modificado la relación entre las edades y la felicidad, sino que la estructura misma de la vida emocional de las personas ha cambiado de forma global.
Particularmente en Estados Unidos, los datos son alarmantes. En 1993, solo el 2,9% de los jóvenes menores de 25 años afirmaban estar en una situación de «desesperación», es decir, padecer un mes entero de mala salud mental. Sin embargo, en 2023 esta cifra se disparó hasta un 8%, superando con creces a los grupos de mediana edad que históricamente lideraban estas estadísticas de infelicidad. Esto indica un cambio profundo en la salud mental de las generaciones más jóvenes.
El estudio también revela una creciente brecha de género, especialmente en el Reino Unido. Los datos del UKHLS entre 2009 y 2023 muestran que el porcentaje de mujeres jóvenes con problemas graves de salud mental pasó del 4,4% al 12,7%. Este incremento no se refiere a una tristeza pasajera, sino a problemas clínicos graves como la ansiedad y la depresión, que son enfermedades mentales serias. De este modo, la «crisis del cuarto de vida» ha reemplazado completamente a la tradicional crisis de la mediana edad.
Aunque el COVID-19 podría parecer un factor clave en este cambio, los datos sugieren que la pandemia solo aceleró un fenómeno que ya estaba presente. La crisis de salud mental juvenil ya estaba en aumento antes de la pandemia, y la situación empeoró debido a factores como la precariedad económica, la incertidumbre laboral y el difícil acceso a la vivienda. Los jóvenes, al enfrentarse a la dificultad de alcanzar sus metas, como obtener un trabajo estable y un hogar, experimentan una mayor angustia y frustración.
Además, la Generación Z, que ha crecido con la tecnología móvil, es una de las más aisladas. En España, por ejemplo, estudios indican que el 69% de los jóvenes ha experimentado soledad, a pesar de tener una gran cantidad de seguidores en redes sociales o interacciones en línea. Este aislamiento, sumado a las dificultades para emanciparse o formar vínculos significativos debido a la inestabilidad laboral y geográfica, contribuye a la creciente crisis de salud mental.
Finalmente, este cambio global en la salud mental de los jóvenes está afectando gravemente a los sistemas de salud pública. La crisis de salud mental entre los jóvenes coincide con un aumento de suicidios, particularmente en España, lo que hace urgente reforzar los servicios de salud mental. El estudio sugiere que debemos adaptarnos a este nuevo paradigma de infelicidad entre las generaciones más jóvenes y revisar las estrategias de apoyo y tratamiento para hacer frente a este creciente desafío.






















