La Navidad de este año llega a Brasil marcada por una fuerte incertidumbre económica. Más de 80.6 millones de personas se encuentran en situación de morosidad, lo que les impide acceder con normalidad a créditos, tarjetas o financiamientos. De acuerdo con Serasa Experian, solo en noviembre el número de deudores creció en 173 mil personas, reflejando un escenario complicado para millones de familias.
La crisis no se limita a los hogares. El sector empresarial también enfrenta un récord de 8.7 millones de empresas morosas, con deudas que superan los 204.8 mil millones de reales. La desaceleración del crédito y el enfriamiento de la actividad económica han reducido los ingresos y dificultado la renegociación de pasivos, afectando especialmente a micro y pequeñas empresas.
En el plano internacional, Brasil suma nuevas preocupaciones comerciales. Tras el alivio temporal por la eliminación de aranceles estadounidenses, ahora enfrenta el impacto de los nuevos aranceles aprobados por México a mediados de diciembre. La medida afecta a 17 sectores y ha reducido el mercado para exportadores brasileños, en particular el automotriz.
Según la asociación Anfavea, las exportaciones de vehículos brasileños a México cayeron 17.3% entre enero y octubre de este año. Aunque los aranceles se redujeron respecto a los niveles iniciales, el golpe llega en un contexto de debilitamiento fiscal y menor dinamismo económico interno.
Brasil enfrenta un deterioro significativo de sus cuentas públicas. En los últimos doce meses hasta octubre de 2025, el déficit nominal alcanzó 1.025 billones de reales, uno de los niveles más altos desde la creación del Plano Real. Este indicador refleja no solo el gasto corriente, sino también el peso creciente de los intereses de la deuda.
El alto costo financiero es uno de los principales factores del desequilibrio. Con la tasa Selic estancada en 15% anual, el Estado gastó cerca de 987 mil millones de reales solo en intereses en un año, casi el 8% del PIB, un récord histórico que presiona aún más las finanzas públicas.
A esto se suma el aumento del gasto público. Incluso sin considerar los intereses, Brasil registra un déficit primario, lo que indica que el Gobierno gasta más de lo que recauda. Como resultado, la deuda pública bruta se elevó al 78.6% del PIB y continúa creciendo, colocando al país como el segundo emergente más endeudado, solo detrás de China.
Las proyecciones para 2026 son aún más preocupantes. Analistas estiman que el déficit nominal podría ubicarse entre 8.6% y 9% del PIB, muy por encima de lo previsto cuando se presentó el arcabouço fiscal en 2023. La deuda podría acercarse al 84% del PIB, impulsada además por medidas expansivas previstas en un año electoral.
Para intentar cumplir la meta fiscal de 2026, el Gobierno de Lula ha optado por aumentar el impuesto de importación, una decisión estratégica que puede aplicarse por decreto. Esta medida busca generar ingresos adicionales por unos 14 mil millones de reales y evitar recortes de gasto en un contexto político sensible.
Finalmente, el débil crecimiento económico agrava el panorama. Brasil cayó al puesto 11 entre las mayores economías del mundo, según el FMI, y su PIB apenas creció 0.1% trimestral y 1.8% anual. Mientras el consumo del Gobierno aumenta, el de los hogares se mantiene limitado, anticipando un impacto directo en el bolsillo de los ciudadanos en los próximos años.






















