Durante años, Dorothea Puente se presentó como una anciana amable y solidaria dedicada al cuidado de personas vulnerables. Regenteaba una pensión para adultos mayores y enfermos en Sacramento, California, conocida como “Los Samaritanos”, donde proyectaba la imagen de una buena ciudadana. Detrás de esa fachada se ocultaba una asesina serial que enterró a sus víctimas en el jardín de la casa ubicada en el 2100 de la calle F, hoy recordada como “La casa de la muerte”.
El caso comenzó a desmoronarse el 11 de noviembre de 1988, cuando la policía acudió a la pensión tras la denuncia de una trabajadora social que buscaba a Álvaro “Bert” González Montoya, un adulto mayor costarricense bajo su supervisión. El hombre había desaparecido y en la casa se percibía un fuerte olor a descomposición, que Puente atribuyó a problemas de cañerías. La explicación fue aceptada inicialmente por autoridades y residentes.
La versión oficial se sostuvo hasta que uno de los huéspedes, John Sharp, decidió decir la verdad. Confesó que Puente les había pedido mentir para evitar el cierre del lugar y reveló una frase clave para la investigación: cada vez que alguien desaparecía, Dorothea cavaba un pozo en el jardín. A partir de ese testimonio, la policía inició excavaciones en el predio.
Mientras los agentes comenzaban a remover la tierra, Puente pidió permiso para salir a hacer compras y nunca regresó. Poco después, los investigadores hallaron restos humanos, comenzando por una bota con huesos en su interior. En total, se encontraron siete cuerpos enterrados, entre ellos el de Bert. Las víctimas eran antiguos huéspedes cuyos cheques del seguro social seguían siendo cobrados por Puente.
Dorothea Puente fue capturada días después en Los Ángeles, tras ser reconocida en la vía pública. Su historial criminal reveló décadas de fraudes, robos y engaños cometidos bajo distintos nombres. Había falsificado documentos, estafado a ancianos y violado reiteradamente las condiciones de su libertad condicional, sin que las autoridades lograran detener su escalada delictiva.
Nacida en 1929 como Dorothea Helen Grey, tuvo una infancia marcada por la pobreza, el abuso y la desintegración familiar. Pasó por orfanatos, sufrió violencia sexual y desde joven desarrolló una personalidad mitómana. A lo largo de su vida inventó identidades, matrimonios y tragedias personales para manipular a quienes la rodeaban.
Antes de convertirse en cuidadora, ejerció la prostitución, administró burdeles y fue encarcelada en varias ocasiones. Más tarde, al trabajar con adultos mayores, perfeccionó un método basado en el uso de somníferos para robar y, según la fiscalía, para asesinar. A pesar de las denuncias y condenas previas, logró seguir operando gracias a fallas del sistema de supervisión estatal.
Los asesinatos habrían comenzado a principios de la década de 1980. Algunas muertes fueron catalogadas inicialmente como suicidios o causas naturales, pese a indicios de sobredosis. Incluso tras ser denunciada y condenada por drogar a un anciano, Puente recuperó la libertad y retomó el control de la pensión, donde continuaron las desapariciones.
El juicio inició en 1992 y se prolongó durante un año, con más de 130 testigos llamados por la fiscalía. Puente mantuvo su imagen de anciana frágil e inocente, mientras la defensa presentó testimonios que la describían como servicial y generosa. El jurado estuvo cerca de absolverla, pero finalmente la declaró culpable de tres asesinatos.
Dorothea Puente fue condenada a tres cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional. Murió en prisión en 2011, a los 82 años, por causas naturales. La ironía de esa conclusión contrasta con la historia de una mujer que, bajo la apariencia de bondad, convirtió el cuidado de los más vulnerables en un escenario de muerte.






















