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Por qué aparecen los espasmos musculares y cuándo dejan de ser motivo de alarma

por | Ene 30, 2026

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Un temblor en el párpado al descansar, una vibración en la pantorrilla o una sacudida repentina en un brazo pueden surgir sin previo aviso y generar preocupación. Aunque suelen interpretarse como señales de alerta, estos movimientos involuntarios son comunes y, en la mayoría de los casos, responden a procesos normales del organismo.

Según explicó a The Conversation Adam Taylor, profesor de anatomía de la Universidad de Lancaster, cerca del 70% de las personas experimenta este tipo de episodios en algún momento de su vida. Las contracciones pueden ser breves o prolongarse durante horas o días y, cuando no existen otros síntomas neurológicos, rara vez están asociadas a enfermedades graves.

Desde el punto de vista médico, estos movimientos se dividen en dos grandes categorías. La mioclonía consiste en contracciones repentinas de uno o varios músculos que generan un movimiento visible, mientras que la fasciculación afecta a fibras musculares individuales, generalmente perceptibles bajo la piel pero sin mover la extremidad.

Ambos fenómenos pueden aparecer en reposo y compartir causas similares. El problema surge cuando se los asocia de inmediato con patologías neurológicas complejas, como la esclerosis múltiple, cuyo diagnóstico requiere estudios específicos y la presencia de otros signos clínicos.

Entre los factores más frecuentes se encuentran hábitos cotidianos y desequilibrios fisiológicos. El consumo elevado de cafeína es una de las causas más habituales, ya que este estimulante altera la contracción y relajación muscular al aumentar la liberación de calcio en las células. Sustancias como la nicotina y otras drogas estimulantes producen efectos comparables.

Ciertos medicamentos también pueden provocar espasmos como efecto secundario. Antidepresivos, anticonvulsivos, fármacos para la presión arterial, antibióticos y anestésicos figuran entre los más asociados a contracciones involuntarias.

Los desequilibrios minerales representan otro factor clave. Niveles bajos de calcio, magnesio o potasio afectan la estabilidad de las células musculares y facilitan la hiperactividad nerviosa. A esto se suma la deshidratación, que altera el balance de sodio y potasio, sobre todo durante el ejercicio o en situaciones de sobreesfuerzo.

El estrés, la ansiedad y algunas infecciones también influyen en la aparición de estos movimientos. Cuando no se identifica una causa concreta, puede diagnosticarse el síndrome de fasciculación benigna, una condición que afecta al menos al 1% de la población sana y que, aunque persistente, no implica un riesgo grave para la salud.

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