Vyacheslav Penchukov, conocido en el mundo del cibercrimen como “Tank”, alcanzó notoriedad mundial no por su habilidad técnica, sino por su carisma y capacidad para crear alianzas. Este ucraniano, hoy de 39 años, fue uno de los delincuentes informáticos más buscados del FBI, liderando durante años bandas como Jabber Zeus y, más tarde, IcedID. Tras más de una década prófugo, fue arrestado en Suiza en 2022 durante una operación cinematográfica. Desde la prisión de Englewood, en Colorado, concedió su primera entrevista a la BBC, revelando los entresijos del cibercrimen internacional y su papel en algunos de los ataques más devastadores de los últimos años.
Penchukov inició su carrera como hacker en foros de videojuegos, aprendiendo sobre trampas antes de pasar a delitos financieros. En la década de 2000 encabezó Jabber Zeus, que utilizaba el malware Zeus para vaciar cuentas bancarias de empresas, gobiernos y organizaciones benéficas. En solo tres meses, más de 600 víctimas en Reino Unido perdieron más de cuatro millones de libras. Su éxito le permitió llevar una vida de lujos en Donetsk, donde combinaba el delito con su faceta de DJ. Sin embargo, su caída comenzó cuando el FBI interceptó mensajes que revelaron su identidad, aunque logró escapar gracias a una filtración y a la potencia de su Audi S8.
Tras un breve retiro, la invasión rusa de Crimea en 2014 destruyó su negocio legal y lo llevó de regreso al crimen digital. Se unió al lucrativo mundo del ransomware, colaborando con grupos como Maze, Egregor, Conti e IcedID. Estos ataques, más sofisticados que los robos bancarios, llegaron a generar cientos de miles de dólares al mes, y uno de ellos afectó al Centro Médico de la Universidad de Vermont, causando pérdidas millonarias y paralizando servicios esenciales. Aunque Penchukov niega haber participado directamente, aceptó la responsabilidad en parte para reducir su condena.
En prisión, asegura haberse reformado. Dedica su tiempo al deporte, al estudio del inglés y francés, y a obtener certificados académicos. Aun así, muestra poco arrepentimiento hacia sus víctimas, justificando sus actos bajo la idea de que las empresas occidentales “podían permitirse las pérdidas”. Solo expresó pesar por un ataque a una organización benéfica para niños con discapacidad. Penchukov fue condenado a nueve años de prisión y al pago de 54 millones de dólares en indemnizaciones, pero espera salir antes.
El caso de Tank ilustra cómo el cibercrimen evolucionó del robo bancario al ransomware como principal amenaza global. También refleja las conexiones entre el crimen digital y los servicios de inteligencia rusos, tema sobre el que Penchukov fue ambiguo. Afirmó que algunos hackers mantenían contacto con el FSB, aunque nunca lo confirmó abiertamente. La embajada rusa en Londres, consultada por la BBC, no respondió a las acusaciones.
Durante su carrera, Penchukov se rodeó de figuras influyentes del hampa digital, entre ellas Maksim Yakubets, alias “Aqua”, presunto líder de Evil Corp, un grupo sancionado por varios gobiernos. Ambos compartían fiestas y negocios, hasta que Yakubets fue expuesto públicamente en 2019. Desde entonces, Penchukov cortó toda relación con él, asegurando que en el cibercrimen la traición y la desconfianza son moneda corriente.
Las víctimas de sus delitos, sin embargo, no olvidan. Negocios pequeños, como la tienda Lieber’s Luggage en Nuevo México, perdieron sumas que comprometieron su supervivencia. Sus dueños aún recuerdan la impotencia y la rabia que sintieron cuando su dinero desapareció sin explicación. Para ellos, los hackers como Penchukov no son genios incomprendidos, sino criminales que destruyeron vidas por ambición.
Penchukov reconoce que la paranoia domina el ambiente hacker: “No se pueden tener amigos, porque mañana pueden delatarte”, dijo. Esa desconfianza lo acompañó hasta su caída, cuando fue traicionado por antiguos aliados. En su relato hay tanto orgullo como nostalgia: la de un mundo donde el dinero fácil y la impunidad parecían eternos.
Hoy, desde una prisión rodeada de praderas en Colorado, “Tank” intenta proyectar una nueva imagen. Sin embargo, sus palabras dejan entrever más resignación que arrepentimiento. Aunque asegura haber cambiado, sigue defendiendo su pasado con una mezcla de ironía y autoindulgencia.
Mientras tanto, sus antiguos socios continúan prófugos. Yakubets y otros miembros de Evil Corp siguen activos, con recompensas millonarias por su captura. Penchukov, en cambio, reflexiona entre muros y rejas sobre una vida marcada por el carisma, la codicia y la traición, que lo llevó de los foros de videojuegos a la cumbre —y luego al ocaso— del cibercrimen mundial.






















