Lo ocurrido en Niza dejó de ser simple frustración deportiva para convertirse en un caso que encendió alarmas en todo el futbol europeo.
Tras seis derrotas consecutivas, alrededor de 400 aficionados esperaron al plantel en la ciudad deportiva, donde la protesta se transformó en violencia.
Los jugadores Jérémie Boga y Terem Moffi fueron golpeados, insultados, escupidos e incluso atacados en zonas sensibles, provocándoles lesiones que ya están en proceso de ser judicializadas. Un límite que jamás debió cruzarse.
El director deportivo también fue agredido y el presidente del club apenas evitó ser alcanzado.
El sindicato de futbolistas en Francia condenó el episodio, mientras el equipo enfrenta un divorcio total con su propia afición en vísperas del duelo ante Angers.
Más que una crisis deportiva, el caso expone un problema de fondo: cuando la pasión pierde control, el fútbol deja de ser deporte y se convierte en un riesgo.
Europa entera ya tomó nota.






















