El reciente informe del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) ha encendido las alarmas: Culiacán es la ciudad donde sus habitantes se sienten más inseguros en todo el país, con un 90.8 por ciento de la población expresando temor por la situación de violencia e inseguridad.
El analista político Omar Garfias, en entrevista, señaló que más allá de las cifras, el sentimiento predominante en la ciudad es de desesperanza y desconfianza en las autoridades.
“Lo grave no es solo el dato de la percepción de inseguridad, sino el estado emocional que lo acompaña: la gente ha perdido la calma y la esperanza”.
Uno de los hallazgos más preocupantes del estudio es el sentir de las mujeres en Culiacán: el 43 por ciento cree que la situación empeorará en el futuro y otro 35 por ciento considera que todo seguirá igual, lo que deja solo a una minoría con expectativas positivas. Garfias enfatizó que esta percepción demuestra un agotamiento social.
“Las personas no confían en el discurso oficial ni en los resultados presentados por las autoridades de seguridad”.
Además, Culiacán, junto con Los Cabos, fue la ciudad donde más creció la percepción de inseguridad en el último año, según los datos comparativos del INEGI entre junio de 2024 y junio de 2025.
Esto evidencia, en palabras de Garfias, que las estrategias actuales de seguridad no están dando resultados visibles ni generan confianza ciudadana. La desconfianza no solo recae en el nivel federal, apenas el 20 por ciento de la población cree que su autoridad municipal tiene la capacidad para resolver los problemas de seguridad.
“Lo que la gente está exigiendo, aunque no lo diga explícitamente, es un cambio real de estrategia, o quieren discursos, quieren resultados tangibles».
Para Garfias, el desafío principal ahora es que las autoridades sean capaces de leer lo que realmente está diciendo la ciudadanía.
“No se trata solo de números; se trata de miedo, frustración y resignación, si el gobierno no lo entiende y no actúa, la sociedad se irá apagando poco a poco”.
Finalmente, expresó que este sentimiento colectivo ya ha empezado a erosionar incluso las formas tradicionales de protesta.
“Lo más preocupante es que la gente ya ni siquiera quiere marchar, ya no cree que reclamar sirva de algo, y cuando una sociedad pierde la fe en el cambio, comienza a morir lentamente”.






















