La presencia de mujeres sin hiyab es cada vez más evidente en las calles de Teherán, especialmente en las zonas del norte de la capital iraní, donde la presencia de cabellos descubiertos —castaños, negros, rubios o grises— contrasta con décadas de estricta aplicación del velo obligatorio. Este cambio social, impensable hace apenas unos años en la República Islámica, ha tomado fuerza desde la muerte de Mahsa Amini en 2022 y las protestas que sacudieron al país en respuesta.
Expertas como Holly Dagres, investigadora del Instituto Washington para la Política del Cercano Oriente, explican que la presión social ha rebasado la capacidad de las autoridades. Afirman que el gobierno teme endurecer medidas en un contexto marcado por apagones, escasez de agua y una economía debilitada, pues un nuevo intento de represión podría provocar otra ola de manifestaciones.
Durante una reciente visita de prensa a Teherán con motivo de una cumbre diplomática, se observaron escenas que reflejan la dimensión del cambio. En lugares como la plaza Tajrish y el bazar del mismo nombre, mujeres de distintas edades caminaban sin velo, incluso frente a policías que no intervenían. En espacios de mayor nivel económico, como el Hotel Espinas Palace, varias asistentes se desplazaron sin cubrirse la cabeza a pesar de los letreros que exigían el uso del hiyab.
Aunque el norte de Teherán es conocido por ser más liberal, la ausencia del velo también se registró en zonas más conservadoras del sur. Esto confirma que el rechazo al hiyab obligatorio se ha extendido más allá de las élites urbanas. Mujeres que han emigrado recientemente, consultadas desde el extranjero, reconocen que el cambio refleja un hartazgo acumulado tras años de cumplir reglas con las que muchas no están de acuerdo.
El contexto político y de seguridad añade más complejidad. Algunos barrios exhiben daños de ataques recientes, mientras los sectores más conservadores del gobierno piden reforzar la aplicación del hiyab. Sin embargo, el presidente reformista Masoud Pezeshkian ha abogado por frenar estas acciones, argumentando que las personas deben tener derecho a elegir. El líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, ha evitado abordar el tema directamente en medio de tensiones con Israel y la crisis económica.
La presión social coincide con un creciente descontento hacia la administración iraní. Encuestas no divulgadas oficialmente, reconocidas recientemente por asesores del gobierno, revelan una percepción de insatisfacción generalizada y una baja participación electoral. Organizaciones como el Consejo Nacional Iraní Estadounidense señalan que años de crisis económica, inflación, desempleo y problemas ambientales han deteriorado la confianza pública en las instituciones.
Aun así, persiste el temor a una nueva ola represiva. Según testimonios de mujeres que han dejado el país, vivir sin el hiyab sigue asociado a un miedo arraigado por décadas de castigos y controles. Para muchas, incluso fuera de Irán, la memoria de esas restricciones continúa marcando su cotidianidad.






















