En medio de olas de calor cada vez más frecuentes en Europa, el uso del aire acondicionado se ha convertido en un tema de confrontación política en Francia. La extrema derecha, encabezada por Marine Le Pen, ha prometido un plan nacional para instalar estos equipos, mientras que líderes ecologistas como Marine Tondelier proponen soluciones alternativas como “ecologizar” las ciudades y mejorar la eficiencia energética. Medios conservadores defienden el aire acondicionado como una necesidad para la salud y la productividad, mientras que publicaciones de izquierda lo ven como un derroche energético y una “aberración medioambiental”.
Aunque el debate se enfrió con la llegada de temperaturas más moderadas, la tendencia al alza en el calor veraniego mantiene el tema vigente. Datos del programa Copernicus de la UE muestran que gran parte de Europa soporta periodos más largos e intensos de calor que hace 40 años, lo que ha cambiado la percepción del aire acondicionado: de lujo innecesario a herramienta para sobrevivir. Sin embargo, su penetración sigue siendo baja: en Francia solo entre el 20 y 25 % de los hogares lo tienen, frente a casi el 90 % en Estados Unidos.
El acceso limitado se explica por costos energéticos más altos que en Norteamérica, la arquitectura densa de las ciudades europeas y las restricciones para instalar equipos en edificios históricos. Aunque existe consenso en su uso en espacios vulnerables como hospitales, residencias de ancianos y escuelas, no se plantea una adopción masiva. La ministra de Medioambiente, Agnès Pannier-Runacher, aboga por un uso selectivo que priorice a las personas más expuestas al calor extremo.
Para la izquierda, el aire acondicionado simboliza una “mala adaptación” al cambio climático: una solución que atiende los síntomas pero agrava el problema al aumentar el consumo energético. Sostienen que debe reservarse para casos de necesidad mientras se implementan medidas estructurales para reducir el calentamiento global. La derecha, en cambio, argumenta que Francia depende en gran parte de energía nuclear (neutra en carbono) y que los equipos modernos son menos contaminantes, por lo que consideran injustificada la resistencia ideológica.
El sur de Europa, donde ciudades como Madrid superan los 29 °C durante más de dos meses al año, experimenta veranos cada vez más largos e intensos. Las máximas por encima de 32 °C son ahora habituales, lo que presiona a replantear posturas. El tiempo dirá si la resistencia cultural francesa al aire acondicionado podrá sostenerse frente a un clima que no deja de calentarse.






















