El reciente anuncio científico que confirma la existencia de un núcleo interno sólido en la Luna responde a una interrogante que persistió durante décadas en la geología planetaria. Más allá de cerrar un debate prolongado, este hallazgo obliga a replantear los modelos vigentes sobre la formación de los cuerpos del sistema solar y la relación temprana entre la Tierra y su satélite. La investigación, encabezada por Arthur Briaud del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, proporciona una respuesta definitiva sobre lo que se encuentra en el corazón lunar.
El estudio, publicado en la revista científica Nature, concluye que la Luna posee un núcleo interno sólido cuya densidad coincide casi por completo con la del hierro puro. Esto elimina las dudas restantes sobre la estructura interna del satélite y lo asemeja más de lo previsto a la composición interna de la Tierra. Según el modelo, el interior lunar se divide en una capa externa fluida de 362 kilómetros de radio y un núcleo sólido de aproximadamente 258 kilómetros, ambos equivalentes al 15 % del radio total de la Luna.
Para sustentar esta reconstrucción, el equipo integró información proveniente de misiones espaciales, registros sísmicos obtenidos durante las misiones Apolo, mediciones precisas de la distancia Tierra–Luna y algoritmos modernos capaces de rescatar señales antes descartadas como ruido. Gracias a estas herramientas, fue posible obtener la imagen más precisa hasta ahora del interior lunar, un nivel de resolución que décadas atrás era inalcanzable.
Uno de los efectos inmediatos de este descubrimiento es la explicación del antiguo campo magnético lunar. Durante su primera etapa, la Luna poseyó una magnetosfera potente, comparable a la terrestre, cuyos vestigios permanecen en minerales recuperados por astronautas. La dinámica del núcleo interno y la circulación de materiales metálicos ofrecen una explicación coherente del fenómeno, y también justifican su desaparición conforme el satélite se enfrió y perdió capacidad de generar protección magnética.
El hallazgo también aporta claridad sobre procesos geológicos más amplios. Análisis citados por Science Alert respaldan el escenario del “global mantle overturn”, un mecanismo en el que materiales densos descienden hacia el centro mientras otros ascienden, influyendo en la distribución de elementos en regiones volcánicas lunares. Este comportamiento, típico de cuerpos planetarios más complejos, indica que la evolución interna de la Luna fue más activa de lo que se asumía.
Finalmente, otras investigaciones recientes reavivan el debate sobre el origen lunar. Evidencia química analizada por equipos independientes sugiere que la Tierra y Theia —el cuerpo que habría impactado al planeta joven y dado origen a la Luna— provenían de una misma región del sistema solar interno. Esto explicaría las notables similitudes entre las rocas lunares y el manto terrestre. En conjunto, estos estudios presentan una visión renovada: la Luna no solo acompaña a la Tierra, sino que conserva en su interior la memoria de los eventos más antiguos del sistema solar.






















