Una ola de videos virales en redes sociales ha llevado a muchos usuarios a creer que los zorros se están “autodomesticando”, volviéndose más amigables con los humanos sin intervención humana. Imágenes de zorros jugando con pelotas o acercándose a personas han alimentado esta idea, pero especialistas advierten que la domesticación requiere cambios genéticos y físicos que se transmitan entre generaciones, algo que no está ocurriendo.
Si bien algunos estudios muestran diferencias entre zorros urbanos y rurales —como hocicos más cortos o menor temor a entornos nuevos— los científicos sostienen que esto no prueba domesticación. En realidad, aclaran, la creciente presencia de zorros en ciudades suele deberse a la disponibilidad de alimento, temperaturas más templadas y la ausencia de consecuencias negativas al interactuar con humanos.
Expertos como la bióloga Cinthia Abbona señalan que hablar de “autodomesticación” puede perjudicar a los animales, ya que normaliza conductas que ponen en riesgo tanto a zorros como a personas. La supuesta docilidad puede estar relacionada, además, con la habituación o incluso con enfermedades como la toxoplasmosis, que reduce la respuesta natural de miedo en muchos zorros urbanos.
Según rescatistas como Trevor Williams, muchos zorros simplemente aprovechan restos de comida humana y luego cazan por su cuenta. La habituación ocurre cuando estos animales se acostumbran a recibir alimento en jardines o restaurantes, pero esto no significa que sean más domésticos ni que deseen socializar con humanos. De hecho, los zorros urbanos “entienden” mejor a las personas, pero siguen siendo animales salvajes.
La historia muestra algunos casos en los que zorros convivieron estrechamente con humanos, pero tampoco fueron plenamente domesticados. Estudios recientes indican que algunas culturas indígenas sudamericanas tuvieron zorros semidomesticados, e incluso se halló un zorro extinto enterrado junto a un humano, lo que sugiere vínculos afectivos. Aun así, los científicos aclaran que no se trataba de domesticación real, sino de convivencias poco comunes para la época.
El único experimento exitoso de domesticación verdadera ocurrió en Rusia, donde durante décadas se seleccionaron zorros dóciles hasta obtener animales que movían la cola y buscaban contacto humano. Sin embargo, este proceso fue éticamente criticado, con muchos zorros sacrificados o vendidos a granjas peleteras, y demuestra que la domesticación requiere generaciones de selección artificial, no contactos esporádicos con humanos.
Organizaciones de rescate advierten sobre los riesgos del comercio de zorros como mascotas. Muchos animales terminan abandonados o sacrificados cuando sus dueños descubren que, pese a su apariencia “tierna”, los zorros marcan territorio, desprenden olores fuertes y mantienen comportamientos salvajes inevitables. Incluso los considerados “semidomesticados” suelen ser feroces o impredecibles.
Los expertos coinciden en que la autodomesticación en la actualidad es prácticamente imposible. Domesticaciones históricas, como la del perro, tomaron miles de años. Por ello, un zorro “amigable” visto en un video no representa una tendencia evolutiva, sino casos aislados de habituación o enfermedad.
Ante un encuentro con un zorro, los especialistas recomiendan no tocarlo ni alimentarlo. Los animales habituados a recibir comida de la mano podrían acercarse a otras personas esperando lo mismo, lo que puede llevar a mordidas y a que autoridades decidan sacrificar al animal por razones de seguridad.
La viralidad también puede generar una percepción ingenua del comportamiento salvaje. Para algunos, ver a un zorro acercarse es “mágico”, pero para otros puede resultar alarmante. Como explica DeFisher, un zorro que confía demasiado en las personas se expone a reacciones humanas peligrosas, lo que puede desencadenar su muerte.
Finalmente, los especialistas subrayan que los zorros no necesitan a los humanos para sobrevivir. Aunque se acerquen a áreas urbanas en busca de comida fácil, siguen siendo animales salvajes que dependen de sus instintos. Como concluye Williams: “No des por sentado que la fauna silvestre te necesita. En la mayoría de los casos, no te necesita en absoluto”.






















