La condena a un año de prisión y dos años de prohibición para salir de Irán impuesta al cineasta Jafar Panahi, ganador de la última Palma de Oro de Cannes, ha generado conmoción en la industria cinematográfica internacional. Su abogado, Mustafa Nili, confirmó la sentencia a través de redes sociales, desatando una ola de solidaridad entre colegas, instituciones culturales y defensores de la libertad de expresión.
La noticia llega en un momento especialmente significativo, pues Un simple accidente, la película con la que Panahi obtuvo la Palma de Oro, ha iniciado con fuerza la temporada de premios. En los Gotham Awards se alzó con los reconocimientos a Mejor Película Internacional, Mejor Guion Original y Mejor Director. Panahi dedicó estos logros “a los cineastas independientes de todo el mundo”, un mensaje que cobró mayor resonancia tras conocerse que la condena había sido emitida en ausencia del director.
El conflicto entre Panahi y el régimen iraní no es nuevo. El cineasta ha enfrentado varias detenciones previas, en 2010 y 2022, ambas por supuesta “propaganda contra el régimen”. En la segunda ocasión fue liberado tras una huelga de hambre. Desde 2010 vive bajo una prohibición de 20 años para dirigir películas, lo que lo ha llevado a filmar clandestinamente y a sortear constantes restricciones gubernamentales para continuar su labor artística.
El caso de Panahi forma parte de un patrón más amplio de persecución contra cineastas en Irán. Otros realizadores, como Mohammad Rasolouf, han sido encarcelados repetidamente bajo acusaciones similares y han optado por producir cine clandestino ante la prohibición de filmar o viajar. Rasolouf incluso debió huir del país en 2024 tras nuevas órdenes de arresto, pese a haber sido reconocido internacionalmente, incluida la Palma de Oro en 2021.
Este tipo de persecución no es exclusiva de Irán. El turco Yilmaz Güney, galardonado en Cannes en 1982 con El camino, dirigió su película desde la cárcel tras múltiples condenas por su activismo político de izquierda. Casos en Rusia, China y otros países, como Oleg Sentsov o Tian Zhuangzhuang, refuerzan la existencia contemporánea de cineastas encarcelados o sometidos a procesos de “reeducación”.
Aunque en la Unión Europea no se han registrado situaciones recientes de esta magnitud, la historia demuestra que no son escenarios ajenos al continente. En España, Basilio Martín Patino y Pere Portabella fueron detenidos en repetidas ocasiones por su activismo, mientras que cineastas como Ryszard Bugajski en Polonia o Costa-Gavras en Grecia enfrentaron hostigamientos, vigilancia y exilio por su obra crítica con los regímenes imperantes. Estos paralelismos subrayan cómo la libertad artística aún se ve amenazada en distintas partes del mundo.






















